miércoles, 28 de junio de 2006
OPINION

Los cinco viajeros a La Paz representan una suerte de oposición dentro del oficialismo, con anclaje en una izquierda que contribuye a su sustento cultural y electoral. Con sus desplantes, ese grupo vanguardista va más allá del rol contemporizador de las autoridades, las que se sienten –con razón-interferidas en sus responsables y cuidadosas gestiones.

Por: Hugo Mery

De nuevo sonaron a rebato las campanas del escándalo por una actitud de un grupo de parlamentarios de la Concertación. Si ayer fue por la eutanasia, ahora lo es por las delicadas relaciones con la vecina Bolivia. Autoridades del Gobierno y el Congreso y miembros opositores de éste coincidieron en plantear sus reservas o criticar abiertamente el viaje -el domingo 11- de dos senadores y tres diputados, para conversar con algunos de sus pares y el vicepresidente de la República hermana. Una vez más se cuestionó, aunque no se quisiera, el derecho de los parlamentarios a tomar iniciativas a favor de lo que estimen de beneficio nacional, en su calidad de representantes de los ciudadanos que los eligieron.

Todas las diferencias entre ambos casos no alcanzan a justificar la nueva censura y autocensura que, de hecho, se esgrimió contra la función parlamentaria, ya bastante venida a menos. Una cosa es que la conducción de las relaciones exteriores las lleve la Presidenta y otra muy distinta es que los chilenos, incluso los niños y los estudiantes secundarios, puedan expresar sus sentimientos y pareceres sobre los vínculos con los demás habitantes del globo, con mayor razón los vecinos. Que no se coloque en el sagrado altar de la Patria a los depositarios constitucionales de la gestión de esas relaciones, porque Presidencia de la República, la cancillería, así como el Legislativo y los tribunales de justicia, son instituciones falibles, sometidas al escrutinio y la crítica de los ciudadanos mandantes.

Los parlamentarios tienen el deber de fiscalizar, incluso en terreno, lo que el Ejecutivo hace en la materia. Para ello no necesitan siempre de un mandato corporativo expreso ni integrar las respectivas comisiones camerales, pues éstas son grupos de trabajo a las que se incorporan para atender un ámbito en especial, pero manteniendo el derecho a asistir a las sesiones de cualquier comisión, claro que no con derecho a voto. Siempre los honorables están viajando con entusiasmo para atender asuntos exteriores, lo importante es que no interfieran. Siempre también van a estorbar de alguna manera y “pisar los callos” de los celosos funcionarios responsables de cada expediente.

La “Declaración de La Paz” sin duda que les molestó. Con un título pretencioso, el documento que suscribieron los cinco visitantes y sus anfitriones tal vez no debió elaborarse. Pero no hay ahí ninguna interferencia real y sí pura expresión de buenos deseos y aliento para lo que se está haciendo. El ministro Foxley dijo que los pasos previstos por ambos Estados no son los que se expresan en la mencionada Declaración, que llama a elaborar con “urgencia” fórmulas “creativas” para avanzar en la integración y los problemas pendientes, el marítimo entre ellos. El canciller y el vocero de gobierno también expresaron que habrá que coordinarse mejor con los congresistas que tomen tales iniciativas, con lo que están legitimando implícitamente la acción en sí misma de los que fueron a La Paz.

Lo ocurrido revela que los custodios de la soberanía tienden a ahogarse con el conflicto del mar. Los vecinos bolivianos son ciertamente difíciles y los candados aún más fuertes que acaban de poner a sus contratos de provisión de gas a Argentina, para evitar su reventa a Chile, confirman, en los hechos, la vigencia del mandamiento del ex Presidente Mesa: “ninguna molécula de gas” al país que les niega el acceso al mar. Esta misma contumacia pone de relieve la necesidad de agotar todas las gestiones y el acercamiento entre los pueblos y sus representantes deberían ayudar a una mayor sensibilización en ambos lados.

En este contexto, el no de la comisión competente de los diputados a la invitación oficial de sus pares bolivianos aparece como una renuncia a ejercer la llamada “diplomacia parlamentaria”, situación que se confirmaría si la comisión similar del Senado decide hoy lo mismo. Se teme que los vecinos perciban señales equivocadas de parte de los legisladores, alimentando expectativas que desbordan la estrategia ejecutiva nacional. Al parecer ese no fue el caso con los cinco viajeros recientes, porque a última hora Evo Morales decidió no recibirlos. En cambio, habrían tenido mayor carga sugestiva las enigmáticas declaraciones del canciller de hace dos meses, en orden a no excluir una solución con salida al Pacífico.

Lo que deja el episodio de los parlamentarios “díscolos” es que ellos son algo más que eso. Representan una fuerza disidente al interior de la Concertación y ejercen, dentro de ella, una suerte de oposición, que es funcional a su necesidad de mantener un anclaje en la izquierda, lo que en definitiva contribuye a su sustento cultural y a que siga en el poder. Ese grupo va con sus desplantes más allá del rol contemporizador del oficialismo, propiciando proyectos como el de la eutanasia y representando el sentir de aquellos chilenos que el 10 de marzo último pidieron frente a Evo “mar para Bolivia”.

Publicado por PrensaRSF @ 1:15
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