El escritor peruano elogia latamente a Chile pero a ras de superficie: interpretando cifras y apariencias y no a personas.
Por: Julio Frank Salgado
Cualquier extranjero que haya leído un reciente artículo internacional de Mario Vargas Llosa, titulado “Bostezos chilenos” –publicado en Chile por el diario La Tercera- probablemente no haya podido evitar un súbito deseo de viajar, para radicarse si fuera posible, al idílico país allí retratado. Salvo, por supuesto, que haya entendido que era una más de las metafóricas ironías del escritor peruano.
Vargas Llosa sintetiza a Chile como “un país muy aburrido”, en anecdótica alusión a su actual estabilidad política, económica y social, evidentemente superior a la de sus vecinos latinoamericanos, especialmente los más próximos. Destaca en él su capacidad económica, la baja de la pobreza, el progreso de su clase media, lo rutinario de la reciente elección presidencial, la popularidad del Presidente Lagos, la convicción democrática del líder opositor Sebastián Piñera y el avance contra el machismo que significaría, entre otras cosas, la victoria de Michelle Bachelet. No se adentra en la sicología del chileno -lo que hubiera resultado fascinante en un analista de mentalidades y sentimientos como él- sino que recurre a la fría superficialidad conservadora de evaluar a un país por el color de sus cifras y la normalidad de sus calles y no por las inquietudes y aspiraciones, expresas o incubadas, de sus habitantes.
“Aunque no sea aún un país del primer mundo, y le falte bastante para serlo, Chile ya no es un país subdesarrollado”, sentencia.
Pero no es un panegírico gratuito. Una vez que ha dejado constancia de la solidez chilena, Vargas Llosa la compara con la inestabilidad y limitaciones de peruanos, bolivianos, argentinos, ecuatorianos, para enseguida advertir que Chile “no puede dormirse en sus laureles si quiere seguir progresando”. En concreto, plantea que debe “poner fin de una vez por todas al diferendo con Bolivia y las rencillas marítimas con el Perú”, lo cual le permitiría, además –agrega-, resolver su grave déficit de energía y reducir un gasto en armamento preocupante para el resto del subcontinente.
“¡Quién como los chilenos que ahora buscan experiencias fuertes en la literatura, el cine o los deportes en vez de la política!” es el inesperado pero coherente corolario de su artículo.
Bajo la superficie
Aunque Chile, efectivamente, no puede ser equiparado en este terreno con otra nación latinoamericana, lo que Vargas Llosa parece haber dejado para otra ocasión son algunos rasgos del carácter local, uno de ellos particularmente influyente en el conservadurismo que sustenta la estabilidad aclamada: la pasividad.
El chileno común suele quejarse mucho más en privado que en público de los problemas e injusticias que le aquejan. Su participación directa, como expresión popular, en la historia política del país no despertó sino hace menos de un siglo, luego de un largo sometimiento a las elites criollas desde la Independencia. Creció después durante cuatro décadas, alentado por los gobiernos radicales y el democratacristiano, pero abortó con la violencia del golpe militar de 1973 y una vez recuperada la democracia no volvió a ser el mismo. De su actual apatía política y escasa participación social ya se ha escrito en este blog.
Los argumentos numéricos –incluso los disidentes, como los de la Cepal- pueden atraer a quienes trabajan con ellos, pero no a quienes los sufren en carne propia. Si hoy los habitantes de la “larga y angosta faja de tierra” tienen mayor acceso a bienes materiales es a cambio de un alto endeudamiento personal, que “chutean” periódicamente hacia delante, y de un resignado acatamiento de reglas generalmente inicuas. El año pasado, sin ir más lejos, sus fondos de pensiones, los más cuantiosos de la economía nacional, sufrieron pérdidas por más de 1.800 millones de dólares mientras los administradores de los mismos, las AFP, lograban un aumento de utilidades un 21 por ciento superior respecto de 2004. Peor que eso, se teme que la mayoría de los futuros jubilados, después de cuarenta años de trabajo no siempre estable, reciba pensiones ínfimas. Ante esto, ¿cuál ha sido la reacción visible? Una silenciosa primera mayoría electoral otorgada al diputado y próximo senador Guido Girardi, un acerbo crítico de la actual previsión privada chilena.
Respecto de las nuevas “experiencias fuertes” de que habla el autor peruano, los chilenos, efectivamente, han aumentado su demanda por entretención: un 85,8 por ciento más asistió al cine durante el decenio 1994-2004; ven televisión durante tres horas y media al día como promedio; el 27,5 por ciento declara haber asistido a conciertos –con entradas de hasta 420 dólares- en los últimos doce meses e hicieron aumentar un cinco por ciento las ventas de los restaurantes en 2005 respecto del año anterior (El Mercurio, 29-1-2006).
¿Saciedad primermundista o evasión subdesarrollada? Lo que buscan es más ficción y menos realidad, para deleite de cineastas, actores, animadores… y novelistas.
Vargas Llosa sabe mucho más que literatura.
J.F.S.
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