domingo, 18 de diciembre de 2005
La enorme responsabilidad cívica de los chilenos disimula una porción igualmente grande de desinterés por la política.


Por Julio Frank Salgado

Más de siete millones de chilenos, el 87 por ciento de los inscritos en los registros electorales, votaron el domingo 11 en forma libre, ordenada y responsable. Un par de altercados menores hicieron noticia precisamente por su escasez. El gobierno entregó el primer cómputo oficial menos de tres horas después de que comenzaran a cerrarse las mesas receptoras y el resultado final se supo antes de la medianoche. Uno de los candidatos presidenciales perdedores fue a felicitar a otro con quien había polemizado agriamente durante la campaña. Y a nadie, nadie, se le ocurrió sospechar siquiera de la legitimidad de los resultados.

Un récord cívico intercontinental, proporcionalmente mayor incluso que el del mismísimo Estados Unidos o cualquier democracia europea. Y qué decir de los vecinos latinoamericanos. País modelo en ejercicio democrático.

Las dudas de fondo, sin embargo, son: ¿viven los chilenos de ese espíritu? Su enorme responsabilidad cívica, ¿es equivalente a su interés y participación en el desarrollo político y social del país? Según el informe Latinobarómetro, que viene auscultando al subcontinente desde 1995, el 69 por ciento de ellos declara acudir regularmente a las urnas, pero pronto la valoración comienza a desmejorar: el voto es obligatorio y sólo el 60 por ciento declara que las elecciones sirven para mejorar la situación; el 43 por ciento afirma estar satisfecho con la democracia; el 26 por ciento, hablar de política; el 12 por ciento, participar en actividades que afecten a su comunidad; el cinco por ciento, estar dispuesto a tomar parte en protestas que no estén autorizadas. En el aspecto económico, sólo el 41 por ciento dice estar satisfecho con la economía de mercado y casi dos tercios siente un temor permanente al desempleo. La desigualdad del ingreso –10 por ciento es más que 90 por ciento- está suficientemente graficada en estudios de la Cepal, Mideplan y otros organismos, gubernamentales o no, y en una escala riqueza-pobreza de uno a diez, los chilenos se ubican a sí mismos con poco más de cuatro puntos promedio.

Cuesta pensar que sean los mismos a quienes tanto se elogia.

Bachelet

El 45,95 por ciento votó por la candidata única de la Concertación, Michelle Bachelet, dándole una amplia primera mayoría. ¿Constituye eso una adhesión activa a una nueva líder social o, más bien, una conformidad pasiva con un estilo de gobierno ejercido ya durante casi 16 años? Bachelet no tenía peso político mayor hasta hace un par de años, cuando era ministra de Defensa. Se supone que entonces la ciudadanía comenzó a reconocerle méritos de ese tipo y las encuestas de opinión se encargaron de detectarlo y difundirlo. Pero se sabe que éstas contactan a un porcentaje ínfimo de la población y tienen, por lo tanto, un valor sólo especulativo. La ciudadanía se encontró entonces con que ella misma –aunque sólo probabilísticamente- había levantado una nueva candidata a la Presidencia de la República. El resto fue aporte de los medios de comunicación, no necesariamente adictos en lo ideológico, pero sí muy sensibles a las estrategias comunicacionales o de marketing brillantes. Un ejemplo corriente: durante la campaña, un periodista de televisión preguntó en cámara a una mujer que avivaba a la candidata en una población popular de Santiago por qué iba a votar por ésta; la entusiasta adherente titubeó… y titubeó.

Al menos hasta ahora, no parece que Bachelet encarne a la Concertación en la misma magnitud que ésta hace con aquélla.

Piñera

El 25,41 por ciento de los votantes dio la segunda mayoría, y con ello el derecho a competir en segunda vuelta, a Sebastián Piñera, el candidato que escindió las filas de su propia coalición hace seis meses al postularse sin el acuerdo de sus socios. ¿Qué han visto en él? El empresariado –su sector de origen- no demuestra un apoyo unánime, por su estilo individualista; el centro político le mira con recelo y los sectores menos favorecidos suelen desconfiar de sus promesas populistas. ¿De dónde proviene entonces su votación?

Lo concreto es que si quiere ganar la segunda vuelta tendrá que convencer, como mínimo, a todos los partidarios de su socio de pacto -Joaquín Lavín-, pero hasta a éstos molestaba el poder de su dinero…

Lavín

Obtuvo el 47,5 por ciento en la anterior elección presidencial (1999), a sólo décimas de Ricardo Lagos, y el 48,6 en segunda vuelta. Y así como las encuestas catapultaron a Bachelet hace dos años, a Joaquín Lavín lo postraron en un lugar del que nunca pudo salir. ¿Por qué cayó al 23,22 por ciento este fenómeno electoral, que había alcanzado votaciones desusadas, de hasta 78 por ciento, como postulante a alcalde? Más aún, ¿por qué cedió tan rápida y mansamente ante una competidora sin experiencia política?

El electorado chileno cambió abruptamente de opinión, es evidente, pero, ¿qué, específicamente, lo convenció? ¿Cómo pudo asimilar nuevos vientos en un contexto no electoral aún y adoleciendo de interés por la política? Con algo que no exige disposición ni participación activas, sino más bien un buen estímulo: la intuición. Y los creativos de la Concertación le ganaron la mano, una vez más, a la derecha: menos de tres años después de la cuasi debacle del ’99, el oficialismo tenía una candidata nueva, de apariencia autónoma y con grandes posibilidades de triunfo.

Hirsch

De los cuatro candidatos presidenciales, Tomás Hirsch era el único verdaderamente opositor, pues rechazaba abiertamente la plataforma del sistema: el régimen político, supuestamente democrático pero excluyente de las minorías, y el modelo económico, supuestamente libre pero poco accesible para la mayoría. Su 5,4 por ciento parece, efectivamente, contradecir y desvirtuar sus críticas, pero, ¿significa realmente que la gran mayoría de los chilenos celebra, o aprueba al menos, el sistema? ¿O será que simplemente lo soporta, dada su paciente aceptación de las reglas del juego y su escasa afición política?

Probablemente Hirsch no era el mejor representante de ese sentir, pero si lo hubiera sido, talvez el resultado hubiera sido el mismo…

Ergo…

Los árboles no dejan ver el bosque. Civismo no es equivalente a vocación política. Lo que ha logrado la tradicional responsabilidad cívica chilena es renovar periódicamente la legitimidad del sistema democrático y concitar elogios de moros y cristianos, neoliberales, conservadores, socialdemócratas y progresistas. Con la vocación política, en cambio, advienen los problemas; basta imaginar qué sucedería si ese 87 por ciento de ciudadanos que sufragó pacíficamente el domingo 11 decidiera fiscalizar activamente el cumplimiento de su voto. En vez de eso, sin embargo, seguirá probablemente dejando la solución de sus problemas a voluntad de sectores dirigentes que, sin más presión que la electoral, deben sentir que ya hacen suficiente.

Después de todo, el temor persiste. No ya físico, como en la extinta dictadura, sino pecuniario, muy propio de la materialista democracia del siglo XXI.

J.F.S.
Santiago
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Publicado por PrensaRSF @ 21:17
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