domingo, 23 de octubre de 2005
Por: Jorge Fernando Garretón
Santiago de chile

Luego del primer debate presidencial, hay que
reconocer que Michelle Bachelet sorteó la ocasión
sin errores, con la calma y tranquilidad que da
una candidatura cómodamente instalada en el
primer lugar de las encuestas. Si bien tuvo un
buen desempeño, Piñera no brilló como quizás se
esperaría de un experimentado polemista. Tomás
Hirsch fue una grata sorpresa, mostrándose ante
las cámaras mejor de lo que se esperaba. Pero la
actuación de Joaquín Lavín -pasado de
revoluciones, notoriamente exaltado, irascible y
malhumorado durante toda la hora- debe estar
causando preocupación en las filas de la UDI.

Bachelet, Piñera y Hirsch hablaron de una
sociedad incluyente. Bachelet ganó puntos al
reiterar su visión de una sociedad acogedora,
dispuesta a no dejar a nadie fuera. El intento de
Piñera por mostrarse como estadista en ciernes
sólo le hizo desperfilar su propia personalidad,
y pecó de gran individualista al pretender ser el
único con soluciones. Dejando de lado el discurso
antisistémico duro, Hirsch invitó a conversar y a
participar dentro del marco actual. Nada de eso
se vio en Lavín. El candidato de la UDI se dedicó
esencialmente a gritar y golpear la mesa.

La ciudadanía de hoy exige participar en las
decisiones y anhela una sociedad cívica e
incluyente donde todos participen. Eso lo vemos
en Bachelet, Piñera y Hirsch. El plus de Bachelet
es que es fácil imaginarla invitándonos a tomar
onces y compartir y escuchar en la búsqueda de
soluciones a los problemas.

El Chile de Bachelet, Piñera y Hirsch es
demasiado diferente al de Lavín. Ese Chile, fuera
de la mente del candidato y sus asesores, no
existe.

Lavín es ahora el candidato de la mano dura, el
que promete reprimir con dureza a la
delincuencia. ¿Pero en qué otras áreas de la
sociedad aplicaría también mano de hierro? ¿A qué
otros ámbitos llevaría un presidente Lavín sus
instintos represivos?

Por lo visto, y para empezar, a las libertades individuales.

Lavín dijo que sus creencias valóricas primarían
por sobre las políticas públicas, entre ellas las
relativas a la sexualidad, al punto de que no
permitiría que su hija en edad escolar lleve un
condón en su mochila.

Tras el debate nos tenemos que preguntar que si
como padre Lavín haría tabla rasa de los derechos
de su propia hija, ¿hasta dónde estaría dispuesto
Lavín a hacer tabla rasa de las libertades de los
demás? Nótese que hablamos de libertades que las
sociedades, incluyendo la nuestra, valoran cada
día más; de libertades que los estados deben no
sólo resguardar y proteger, sino además
profundizar y hacer universales.

Entonces, cuando Lavín dice que no dudará en
emplear la represión y la mano dura, como
ciudadanos nos asaltan muchos temores. Si llegara
a gobernar, ¿qué tipo de sociedad nos depararía
su mano dura?

El actual es un ciudadano que aprecia sus
libertades y derechos individuales y reclama su
lugar en los espacios públicos. Entonces, un
candidato que dice que gobernaría con mano dura y
además "de cara a Dios" -una afirmación insólita
en la historia chilena- y nos dice que no dudaría
en pisotear los derechos de su hija, nos deja
preguntándonos qué otras medidas le dictaría ese
celo represor sospechosamente inquisidor.

El Chile de Lavín no contempla una ciudadanía
sana, vigorosa, protagonista de su futuro. Por
eso ganaron el debate Bachelet, Piñera y Hirsch,
más a tono con el Chile actual. El gran perdedor
es quien hoy se muestra tal cual es: una persona
autoritaria y moralista que nos habla de un Chile
de temores y miedos que sólo su mano dura
lograría aplacar. Si yo estuviera en su lugar,
empezaría a preparar mi currículum.
Publicado por PrensaRSF @ 23:28
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