martes, 27 de septiembre de 2005
Por: Juan Pablo Cárdenas.-

Culminó otro largo período de negociaciones políticas para designar los candidatos presidenciales y parlamentarios. Largos meses de dimes y diretes entre los partidos y al interior de éstos, donde el caudillismo se ha instalado con más fuerza que las habituales fracciones y cuando el poder del dinero supera con creces las posturas ideológicas o programáticas. La opinión pública es testigo de cómo se repartió el mapa electoral del país, de manera tal que los distritos y circunscripciones devinieran en acciones transables de la bolsa de la política, donde los corredores e inversionistas son parte de las mismos apellidos y operan con las misma moneda.


Más de un año en que postulantes se proclaman y se bajan. De candidatos a diputados y senadores que cambian de zona como quien se cambia de banco o isapre. Con nula o muy mínima propuesta y prácticamente sin originalidad, apelando todos a dos o tres ofertones comunes: más cárceles para los delincuentes; sólo más educación para enfrentar la desigualdad; nuevas leyes para atacar la falta de probidad. Es decir, más de lo mismo, para que todo siga igual: como la sideral distancia, por ejemplo, entre los ingresos de los ricos y pobres.


Pasan los años y el modelo de inequidad de consagra. Invariablemente se critica el sistema electoral, pero se suceden las elecciones bajo las mismas reglas del juego. Se proclama que la política debe ser más “social que de mercado”, pero poco o nada se avanza en la posibilidad de humanizar las leyes de la oferta y la demanda que pisotean la dignidad de los trabajadores, asesinan el medio ambiente y sacralizan el afán de lucro como el motor de la historia.


Mediáticos y millonarios que aplastan la posibilidad de los líderes tan necesarios a la política. Demagogos que apuestan a la impunidad, más que a la justicia. Cuando es nuestra propia trayectoria nacional, alfombrada de fratricidios y cadáveres, la que nos indica que echarle tierra al pasado lo único que logra es abonar nuevas y más espeluznantes tragedias.


Voceros que señalan como estadistas a quienes practican la “política a medida de lo posible” y celebran un quehacer “democrático” que valida más la opinión de los grupos fácticos, de las minorías sociales y de los referentes financieros internacionales. Como resultó con la discusión sobre el royalty minero y ocurre todos los días con las utilidades abusivas que se obtienen esos privilegiados administradores de los recursos previsionales de los forzados cotizantes de las AFPs.


Políticos que hablan de transparencia y de la necesidad de que funcionen las instituciones, mientras reparten entre sus parientes los cargos públicos y violan flagrantemente las leyes de gasto electoral y probidad recién dictadas por ellos mismos. Cuestión que todos los chilenos podemos comprobar y sufrir en la propaganda electoral que invade antes de tiempo las calles, los medios de comunicación e irrumpe en la intimidad de los hogares con volantes y llamadas telefónicas majaderas y onerosas.


Quizás lo más promisorio de este tiempo electoral sea la creciente convicción de que, tal cual, la política no da para más. La esperanza que algunos manifiestan en que después de las contiendas de diciembre la llamada clase política se avenga, al menos, a cambiar sus referentes, a fundar nuevas agrupaciones a refrescar toda una actividad marcada por las instituciones anquilosadas, la senilidad sus protagonistas y las ideas más que caducas en el continuismo, la falta de imaginación y la ausencia de futuro.


Se habla de la posibilidad de una refundación tanto en el oficialismo, la oposición y los sectores políticos extraparlamentarios. De partidos, grupos y “sensibilidades” que podrían integrarse en nuevos referentes que den cuenta más de los desafíos del porvenir que del pasado. Porque, entre otras razones, ya nadie quiere ser motejado de pinochetista, socialista y de otras denominaciones que molestan a quienes fueron sus más fieros exponentes y que, en el presente, son sus más desfachatados detractores.


Lo importante es que este cambio no sea la plataforma de caudillismos y fórmulas meramente electoralistas. Que surjan finalmente en nuestra política expresiones ideológicas de lo que siempre debe existir en la política y una sana democracia: los conservadores, los eclécticos y los progresistas. Con una dosis siempre muy necesaria de reaccionarios y revolucionarios.

*Premio Nacional de Periodismo 2005
Publicado por PrensaRSF @ 1:01
Comentarios (0)  | Enviar
Comentarios